sábado, 26 de octubre de 2019

A la espera de respuesta de un compañero soriano acusado de abuso emocional


Permanecemos a la espera de que un compañero de Soria responda a la exigencia de reconocimiento público de un trato malo*, por dañino, de abuso emocional, y el compromiso de una actitud reparadora al respecto y de rectificación de ese comportamiento en adelante en las relaciones íntimas, donde se ha dado.
Necesitamos integridad y honestidad vivamente,
necesitamos compromisos consecuentes, por parte de todos, de trasformación personal profunda,
necesitamos confiar,
necesitamos superar,
necesitamos colaboración para generar preguntas en el ámbito colectivo que ayuden a desarrollar repuestas valientes y responsables.
No queremos que el compañero se esconda detrás de amigos, del victimismo o del orgullo, como viene ocurriendo.
Pensamos que nuestro compromiso social y feminista está por encima de la concordia y la falsa lealtad.
Sentimos que abordando los problemas o conflictos socialmente sus soluciones serán más reales, trascendentales y extensas. Además de ser el ámbito apropiado, ya que no se trata de una adversidad particular.


Para saber más:
Son múltiples las manifestaciones de la conducta violenta: físicas, económicas, sexuales y psicológicas-emocionales. Esta última se caracteriza por ser ‘invisible’ en los ámbitos sociales tradicionales: la familia, la pareja, los amigos, la escuela y el trabajo.
Hay que recordar que en su momento todas las formas de violencia que hoy en día se reconocen fueron aceptadas como comportamientos habituales, esperados e incluso valorados socialmente. Y que las conductas machistas y dañinas se pueden consumar en las relaciones íntimas, mientras que en el resto se proporciona un buen trato, encantador incluso, y profeminista.
[…] Poco a poco se superan diversos mitos en torno a la violencia, entendidos como creencias estereotípicas, generalmente falsas, que son aceptadas amplia y persistentemente, y usadas para minimizar, negar o justificar una acción. Todos estos suelen estar integrados en una cadena o secuencia lógicas, donde cada uno sustenta o justifica al otro hasta integrar un cuerpo ordenado y congruente. La falla radica en su conformación con base en creencias, alejada de la evidencia formal.
Es con ese contexto que la violencia psicológica-emocional ocurre en cualquier parte del mundo y en todas las circunstancias sociales. No hay un perfil sociodemográfico concreto para el individuo que la ejerce ni para quien la sufre. En otras palabras, generalmente la actuación dañina es llevada a cabo por personas normales, masculinizadas. Paralelamente, se trata de un fenómeno extendido. La mayoría de los involucrados en el fenómeno lo viven conscientemente como algo normal a lo que necesitan someterse porque “así es la vida”. Con ello contribuyen a diseminar la conducta y a perpetuarla, a comprenderla y hasta defenderla.
La violencia de esta naturaleza se presenta con diversas modalidades: amenazas, comentarios irónicos o satíricos, burlas, desprecios, discriminaciones, chantajes, hostigamientos, acosos, maltratos, hostilidades; ello a través de palabras, sonidos, gestos, volúmenes y tonos de voz, posturas corporales, mensajes escritos, textos anónimos, silencios, clima psicológico, tanto directos como indirectos. Un abanico tan amplio de opciones y combinaciones permite esconder el abuso en medio de las formas aceptadas y ‘adecuadas’ para la convivencia en los diferentes espacios de la vida humana. La situación puede llegar al extremo de sustentarse en la buena voluntad, en el deseo de ayudar y en “el gran cariño que te tengo”. Cualquier escenario puede convertirse en la excusa perfecta para desencadenar este tipo de violencia. Un factor común a todas ellas es la diferencia: en el ingreso económico o el bagaje educativo de las parejas; en el nivel socioeconómico de las familias de origen; en el ejercicio de la vida social y de la diversión individuales en la pareja; en la talla, el peso o la figura de alguien con respecto al ideal de belleza corporal vigente o a la mejor condición de salud; en el comportamiento de un sujeto al compararlo con el estereotipo social para su género, edad, profesión o prestigio; entre otras.
Sin embargo, no es tanto que se planee ejercerla. Lo diferente, asumido como un hecho atípico, provoca sentimientos paradójicos en donde se combinan emociones positivas y negativas, y comportamientos al respecto, sin conciencia de lo que representan.
Sus consecuencias son destructivas para los involucrados y para el ambiente donde se produce el hecho, los sentimientos de incompetencia (con una baja en los niveles de autoestima y un incremento en la probabilidad de la autoagresión) y la desesperanza aprendida (derivada de una agresión continua y de baja intensidad), entre otras.
PARA PONERLE FRENO
La tarea de extinguir la violencia en la sociedad, comunidad, es responsabilidad de todos sus miembros, iniciando con el reconocimiento de las conductas asociadas con el maltrato psicológico-emocional en todos los ámbitos para que cada individuo, desde la infancia, aprenda a identificar esa condición y la entienda como algo no saludable. Esto es importante debido al sigilo y al camuflaje con que habitualmente se manifiesta. La prevención continúa en el testimonio de vida que permita un contagio positivo en todos los ámbitos de la vida y desde todos los referentes; y se consolida en la denuncia de lo dañino o violento ante la parte activa correspondiente, lo antes posible.


*Evitamos la palabra “maltrato” ya que resulta más costosa de asimilar, aunque simplemente sea el antónimo de “buen trato”, del que sí se reconoce su ausencia sin tanto problema.


Alejandra

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